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Teóricos de Primera Generación del Medio de Comunicación.

Los mejor conocidos y más controvertidos teóricos del medio de comunicación son dos canadienses, Harold Adams Innis y Herbert Marshall McLuhan. Con formación de economista político, Innis adapta los principios de los monopolios económicos al estudio de los monopolios de información. Argumenta que una de las formas en que se ejerce el poder social y político es a través del control de los medios de comunicación (tales como un sistema complejo de escritura controlado por una clase especial de sacerdotes). Los monopolios de información pueden ser desarticulados, no obstante, por la introducción de nuevos medios. Innis sugiere que el monopolio de la Iglesia medieval sobre la información religiosa y, por ende, sobre la salvación, fue destruido por la imprenta. Esta pasó por alto a los escribas de la Iglesia, e hizo posible la mayor disponibilidad de la Biblia y otros textos religiosos. Por lo tanto, el mismo contenido, la Biblia, tuvo diferentes efectos en diferentes medios de comunicación.

Innis sostiene que las elites pueden controlar mejor algunos medios de comunicación que otros. Un medio escaso o que requiere una destreza especial para codificar o decodificar, tiene más potencial para apoyar los intereses particulares de clases elitarias, porque éstas tienen más tiempo y recursos para explotarlo. Por otro lado, un medio fácilmente accesible para la persona promedio, tiene más posibilidades de ayudar a democratizar una cultura.

Innis también argumenta que la mayor parte de los medios de comunicación tienen un "sesgo", ya sea hacia permanecer por largo tiempo o hacia extenderse con facilidad a través de grandes distancias. Afirma que el sesgo del medio dominante en una cultura afecta el grado de estabilidad y conservantismo de esa cultura, así como la habilidad de esa cultura para apropiarse de un extenso territorio y gobernarlo. Sostiene que aquellos medios de comunicación con "sesgo temporal" tales como los jeroglíficos en piedra, conducen a sociedades relativamente pequeñas y estables, por cuanto los tallados en piedra duran mucho tiempo y son rara vez revisados, y su limitada movilidad les hace un vehículo muy deficiente para mantenerse en contacto con lugares distantes. Por contraste, mensajes enviados en papiro liviano, con "sesgo espacial", permitieron a los romanos mantener un gran imperio con un gobierno centralizado que delegaba autoridad a provincias distantes. Pero el papiro también condujo a más cambio social y mayor inestabilidad. Los romanos conquistaron y administraron vastos territorios, pero así también su imperio se desplomó cuando perdieron su provisión de papiro de Egipto.

En sus densas obras Imperio y Comunicaciones y El Sesgo de la Comunicación, Innis reescribe la historia humana como la historia de las tecnologías de la comunicación (2). Su examen comienza en la cuna de la civilización en Mesopotamia y Egipto y acaba con el imperio británico y los nazis.

Entre las personas sobre quienes Innis influyó se cuenta un estudioso literario, Herbert Marshall McLuhan. Ampliando algunos aspectos de la perspectiva de Innis, la obra de McLuhan añade la noción de "equilibrio sensorial". Analiza cada medio como la extensión de uno o más de los sentidos, miembros del cuerpo, o procesos humanos. McLuhan sugiere que el empleo de diferentes tecnologías afecta la organización de los sentidos humanos y la estructura de la cultura. Divide la historia en tres grandes períodos: oral, escritura/imprenta y electrónica. Cada período, según McLuhan, se caracteriza por su propio juego de los sentidos y consiguientemente, por sus propias formas de pensar y de comunicarse. McLuhan también sugiere que cada medio de comunicación requiere su propio estilo de comportamiento, de modo que un desempeño intenso que funciona bien en el medio "caliente" de la radio, puede parecer muy tieso y acartonado en el medio "frío" de la televisión (3).

Innis y McLuhan son únicos en términos de la amplitud de historia y cultura que intentan incluir en sus marcos de estudio. Sin embargo, otros teóricos del medio de comunicación han detenido su mirada en diversos segmentos del espectro de los pasados y actuales efectos de los medios. Walter Ong, cuyo trabajo influyó y fue influido por el de McLuhan, ha ofrecido estudios maravillosamente ricos sobre el paso de la oralidad a la escritura. Dimensiones de esta transición han sido también exploradas por J.C. Carothers, Eric Havelock, Jack Goody e Ian Watt, y A.R. Luria (4). Todos estos estudiosos establecen que la escritura y la oralidad alientan muy diferentes modos de conciencia humana. Describen cómo la difusión del alfabetismo afecta la organización social, la definición social del conocimiento, la concepción del individuo, e incluso los tipos de enfermedad mental.

El tránsito aparentemente menos dramático de la escritura a la imprenta ha sido explorado en detalle por H.J. Chaytor y Elizabeth Eisenstein (5). Chaytor sostiene que la imprenta cambió significativamente los mundos oral y escribal, al modificar el estilo literario, crear un nuevo sentido de "autoría" y propiedad intelectual, estimular el desarrollo de sentimientos nacionalistas y modificar la interacción psicológica de palabras y pensamientos. Eisenstein se hace eco de varios de estos temas y presenta muchos análisis convincentes y una enorme cantidad de evidencia para apoyar el argumento (propuesto por Innis y McLuhan) de que la imprenta revolucionó Europa Occidental, alentando la Reforma y el desarrollo de la ciencia moderna.

Walter Ong, Edmund Carpenter, Tony Schwartz y Daniel Boorstin han observado las maneras en que los medios de comunicación electrónicos transforman patrones de pensamiento y organización social (6). En términos generales, Carpenter y Schwartz son macluhanianos en cuanto a contenido, método y estilo, pero añaden muchas percepciones y ejemplos frescos. Ong y Boorstin presentan análisis más tradicionalmente eruditos, que apoyan los argumentos básicos de McLuhan, pero los trascienden. Ong describe las similitudes y diferencias entre la "oralidad primaria" de las sociedades preletradas, y la "oralidad secundaria" que resulta de la introducción de medios electrónicos en sociedades alfabetizadas. Ve la significación espiritual, sensorial y psicológica del retorno de "la palabra" como un evento hablado, bajo forma electrónica. Boorstin describe cómo nuevos medios de comunicación "producen en masa el momento", tornan "repetible" la experiencia, y se unen a otras invenciones tecnológicas recientes para "nivelar tiempos y lugares". También compara y contrasta las revoluciones políticas con las revoluciones tecnológicas, y discute el impacto de nuevas tecnologías, incluidos los medios electrónicos, sobre nuestras concepciones de la historia, de la nacionalidad y del progreso.

La Historia de la Civilización desde una perspectiva de teoría del medio de comunicación.

Cada uno de los teóricos mencionados más arriba cubre distinto territorio, lleva a cabo una aproximación diversa y alcanza conclusiones algo diferentes. Sin embargo, cuando sus argumentos y análisis se toman como conjunto, emerge una imagen sorprendentemente consistente y clara de la interacción de medios de comunicación y cultura. En términos generales, los trabajos de estos teóricos confluyen hacia una imagen común de tres fases de la civilización unidas a otras tantas formas principales de comunicarse: el paso de sociedades orales tradicionales a sociedades tipográficas modernas (vía una fase escribal de transición), a una cultura global electrónica.

(1) El autor desea agradecer a Edward Wachtel por sus útiles comentarios y sugerencias.

(2) Ver Harold A. Innis, The Bias of Communication (Toronto: University of Toronto Press, 1964) y Empire and Communications (Toronto: University of Toronto Press, 1972).

(3) Ver, por ejemplo, Marshall McLuhan, The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man (Toronto: University of Toronto Press, 1962) y Understanding Media: The Extensions of Man (New York: McGraw-Hill, 1964).

(4) J.C. Carothers, Culture, psychiatry and the written word en Psychiatry, 22 (1959), pp. 307-320; Jack Goody and Ian Watt, The consequences of literacy, en Comparative Studies in Society and History, 5 (1963), pp. 304-345; Eric A. Havelock, Preface to Plato (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1963); A.R. Luria, Cognitive Development: Its Cultural and Social Foundations, trad. al inglés por Martín Lopez-Morillas y Lynn Solotaroff, ed. Michael Cole (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1976); Walter J. Ong, Ramus, Method, and the Decay of Dialogue (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1958); Walter J. Ong, The Presence if the Word: Some Prolegomena for Cultural and Religious History (New Haven, Conn.: Yale University Press, 1967); Walter J. Ong, Rhetoric, Romance and Culture (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1971); Walter J. Ong, Orality and Literacy: The Technologizing of the Word (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1982). Para una colección de estudios de casos relativos a los efectos del lenguaje escrito en sociedades tradicionales, ver Jack Goody, (ed.), Literacy in Traditional Societies (Cambridge: Cambridge University Press, 1968).

(5) H.J. Chaytor, From Script to Print: An Introduction to Medieval Vernacular Literature (1945; reimpreso London: Sidgwick & Jackson, 1966); Elizabeth L. Eisenstein, The Printing Press as an Agent of Change: Communication and Cultural Transformations in Early-Modern Europe, vol. I y II (New York/Cambridge: Cambridge University Press, 1979).

(6) Daniel J. Boorstin, The Americans: The Democratic Experience (New York: Random House, 1973), pp. 307-410; Daniel J. Boorstin, The Republic of Technology: Reflections on our Future Community (New York: Harper & Row, 1978); Edmund Carpenter, Oh, What a Blow that Phantom Gave Me! (New York: Holt, Rinehart & Winston, 1973); Edmund Carpenter y Ken Heyman, They Became What They Beheld (New York: Outerbridge & Dienstfrey/Ballantine, 1970); Tony Schwartz, The Responsive Chord (Garden City, NY: Anchor, 1974); Tony Schwartz, Media: The Second God (Garden City, NY: Anchor, 1983); Walter J. Ong, The Presence of the Word, pp. 17-110, 259-262, 287-324; Walter J. Ong, Interfaces of the Word: Studies in the Evolution of Consciousness and Culture, (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1977), pp. 82-91, 305-341; Ong, Orality and Literacy, pp. 79-81, 135-138.

(7) Joshua Meyrowitz, No Sense of Place: The Impact of Electronic Media on Social Behavior (New York: Oxford University Press, 1985), pp. 69-125.

Fuente: www.rehue.csociales.uchile.cl


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