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La Mala TV Debate abierto Demonizar la televisión es parte de la lógica del medio. Semanas atrás, un grupo de entidades abrió la polémica en torno a los contenidos y el lenguaje en la televisión abierta ¿Quién tiene la razón? María Iribarren De todas las microsociedades que conviven en "la" sociedad, la de los telespectadores es una de las más silenciosas. Paradójicamente, a menudo, aparecen "voceros" que desde disciplinas, a veces, lejanas a la rutina televisiva, asumen la representación pública de esa comunidad y "hablan" por ella. Tal es el caso del Fondo Nacional de las Artes y otras entidades culturales que acaban de lanzar la convocatoria "Compromiso ante la ciudadanía", con el propósito de abrir un debate en torno a los contenidos de la pantalla, haciendo hincapié en la devaluación del lenguaje en los programas de la TV abierta. No es la primera vez, ni será la última, que el telespectador sea el invitado de piedra a una polémica que lo tiene por objeto pero que lo excluye materialmente. Tampoco es novedoso el pretexto: preservar el buen uso de la lengua. Además de unilaterales, estas apreciaciones podrían ser temerarias toda vez que sólo se juzga la ficción, perdiendo de vista que por la tele circula otro tipo de contenidos que, por su carácter, acaso merecerían una observación más escrupulosa. En este sentido, se da por sentado que exhibir accidentes de la geografía humana ("hiperficcionalizados" por escultores quirúrgicos) o poner en boca de personajes expresiones del habla coloquial, es más indecoroso que un primer plano de una persona buscando su almuerzo en la basura. ¿No es más escandaloso mostrar (y mirar) el cuerpo de un hambriento que el de la irrisoria voluptuosidad de una rubia perecedera? Si nos atenemos al lenguaje, un verbo mal conjugado, un "que" de más o de menos, ¿no son más malas palabras que las, supuestas, "malas palabras"? ¿Hay algún diccionario que señale esos términos con tinta roja? ¿Por qué tendría que hacerlo la televisión, sobre todo, cuando se trata de parlamentos imaginarios? De no lindar con proyectos autoritarios o apelaciones encubiertas a la censura, este tipo de razonamiento es francamente pueril. Como práctica, la televisión es de doble faz: alguien la produce y alguien la mira, básicamente, para abstraerse del mundo real y pasar un buen rato. Sin duda se podrían pensar historias más atractivas, mejor resueltas y editadas, asumiendo mayores riesgos estéticos y formales. Pero es evidente que eso no tiene nada que ver con el músculo que se muestre o se pronuncie. Fuente: www.ciudad.com.ar |
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